"El tren de las claves paró cuatro veces al día, durante diez años, pero nadie
acusó el recibo", sintetiza un veterano empleado de una compañía que cayó
en picado de la lista Fortune 500. La metáfora
viene a denunciar, en términos contemporáneos, la falta de visión,
liderazgo y estrategia de futuro de una gran multinacional demasiado ensimismada
como para gestionar los síntomas del cambio, y rectificar en consecuencia y
tiempo real. De un modelo de organización, aún dominante hoy en día,
que impide a las empresas interpretarse a sí mismas, "manejarse entre sus
circunstancias", en el contexto de los mercados actuales.
Ese mismo tren debió pasar, hace poco más de un siglo, por delante de la puerta de la remota iglesia de
piedra de Baler, en la isla de Luzón (Filipinas), en la que un pequeño grupo del
Batallón de Cazadores nº 2 resistió un sitio entre cuatro paredes de 50
metros cuadrados durante once largos meses,
minuto a minuto hasta 337 días con sus noches, sin apenas alimentos ni
munición, sin esperanza alguna de auxilio, inhalando el hedor podrido por la
muerte en serie de los compañeros y amigos de al lado... Uno, dos, tres...
doce, trece, catorce... el dieciocho y diecinueve, fusilados en el presbiterio,
junto al altar... y, todo ello, según la versión oficial, "únicamente por
demostrar el valor y apego a la bandera, simplemente por cumplir... con su deber".
Eran españoles, en este caso, pero eso hoy da lo mismo. La lectura de su
experiencia está abierta a significados universales. En definitiva, no deja de
ser la historia, en minúsculas, de hasta dónde llega el ser humano.
Una conversación con cualquiera de los
descendientes de los 33 heroicos y cadavéricos Últimos de Filipinas deja
claro para la posteridad, en lenguaje coloquial, el por qué sucedió el legendario Sitio de Baler.
"La razón es que ignoraban que la guerra contra Estados Unidos hacía
más de medio año que había terminado con el Tratado de París. Sólo cuando, el 2 de junio de 1899,
casi un año después de entrar en esa desvencijada iglesia, dedujeron por un breve artículo del periódico
madrileño El Imparcial, que, habían cometido, en efecto, un gravísimo error, el
que a la postre pasara a los libros como el último batallón del Imperio
Español decidió capitular...eso sí, con mucha honra, orgullo y
dignidad". Lo dice otro biznieto del bisabuelo Chus, el cabo Jesús García
Quijano, de Viduerna (Palencia), a los 24 años, herido de bala en el pie
izquierdo y llevado a la iglesia a hombros de sus compañeros, inconsciente por
el dolor, el 30 de junio de 1898. Vae Victis !!
Eran jóvenes de pequeños pueblos, en su mayoría, nacidos
en el seno de familias humildes, sin los recursos necesarios para librarse, [ley
en mano, unas 2.000 pesetas, o 12 euros] de ser embarcados hacia la muerte en la
guerra de la España decadente y dolida del finales del XIX. Un paisaje que aún
hoy sugieren, de alguna manera, los campos de Palencia o la Alcarria. En un
recodo de la carretera, un valle se esfuma hacia el horizonte, mientras el Sol golpea
a un azul infinito, ahora exactamente igual que hace 100 años. Estamos de paso,
por la vida y por Alcoroches (Guadalajara), una pequeña aldea de aquella España rural que conoció
y sufrió un compañero de Chus, Timoteo López Larios. Ahí queda su hogar, una humilde casa de
adobe de la que nunca debió partir, ni siquiera obligado, como otros héroes, a hacer
una guerra para defender la gula y el miedo cobarde de un cacique empeñado en no devolver lo que
ni era propiedad ni volvería a serlo jamás.
Timoteo y Chus a buen seguro desconocían los pormenores y
pormayores de la colonización a manos, muy principalmente en el caso de las
Islas Filipinas, de curas y militares. Eran dos campesinos, como la mayoría de
los asistentes a un reciente acto-tardo-homenaje en Alcoroches, preguntándose a
ratos en silencio, como ausentes, la distancia entre este punto del planeta y ese lejano y misterioso lugar llamado Baler. La
misma aldea en la que Francis Ford Coppola, muchos años después, fue a rodar
otro particular viaje al corazón de las tinieblas. El contexto de Apocapyse
Now es Vietnam, pero todas las guerras son una misma cosa. Será que el sufrimiento es tan universal como el amor.
La hija de Timoteo, la buena anciana Avelina, suspira aliviada en un homenaje a punto estuvo de no acontecer en vida, escucha
atenta que Baler está justo en el otro extremo del mundo, y que nunca nadie sabrá
bien exactamente qué sucedió entre los gruesos muros de aquella iglesia. Mientras, Adrián, el tataranieto de Chus, que hoy
suma apenas un lustro, mira curioso a su alrededor, junto a un grupo de niños a quienes no les supone esfuerzo
alguno imaginar que hoy 50 entre cualquiera de nosotros pronto perderíamos la
compostura y el espíritu de equipo si fuésemos encerrados por las
circunstancias durante once meses... Los sueños rotos, el insoportable olor a
muerto, el hambre, el beri-beri, el miedo, los disparos enemigos, los gritos, el
inminente final...
Pero hoy su mito permanece vigente. Está incluso indexado por motores, que
llevan a páginas donde se insiste machaconamente en que ["aquellos españoles no podían creer que España había perdido el imperio... Es la insólita aventura de 33
soldados... que se negaron a la rendición tras la claudicación de Manila a las tropas de los EE.UU. Bajo el mando del Teniente Martín Cerezo, estos valerosos soldados fueron recaudando provisiones y haciendo su fuerte en la iglesia.... Comienza el milagro de la supervivencia, que los agnósticos atribuyen a la previsión y el arrojo y los más religiosos a la innegable intervención divina...
Estos héroes se negaban a abandonar un imperio que durante más de 300 años había sido español. Los filipinos llegaron a enviarles mujeres desnudas para doblegarles que fueron rechazadas.
La situación era cada vez más insostenible y Martín Cerezo accedió a dialogar con el
enemigo: "Capitulamos porque no tenemos víveres, pero deseamos hacerlo honrosamente. Deseamos no quedar prisioneros de guerra y que ustedes admitan otras condiciones que expondremos, de las que levantaremos acta. Si se han de portar con nosotros de mala manera han de decirlo porque en este caso no nos rendiremos. Pelearemos hasta morir y moriremos matando".
Aguinaldo, el jefe de los sitiadores, redactó un decreto en el que destacó el valor y heroísmo de aquel puñado de hombres aislados: "han defendido su bandera por espacio de un año, realizando una epopeya tan gloriosa y tan propia del legendario valor de los hijos del Cid y de Pelayo".
Los niños en Alcoroches también se aburren con los mitos. Prefieren la
historia, porque saben que nada hay tan fantástico como la propia realidad.
Prefieren escuchar de viva voz, aunque sea triste, que después, a su regreso a España, además "hubieron de mantener la boca cerrada". Un pacto entre caballeros y una mísera pensión
[de siete pesetas, ni siquiera se puede pasar a euros] son suficientes para que
una palabra se la lleven los vientos.
Mágico fueron los volteos de las campanas en la iglesia de Viduerna cuando, en agosto de 1998,
sus descendientes y paisanos resucitaron el olvidado recuerdo de Chus, siquiera por un solo día. Cien años de
heroísmo oficial y, por tanto, desconocimiento de lo humano por sus propios convecinos. He ahí su legado, y el de Luther King, cuando recordó que la verdadera paz no es la mera ausencia de tensión, sino la presencia de justicia.
Nostalgia del Futuro
Desconocer el pasado nos condena a repetirlo, pero los niños y niñas de Europa, Asia o América ignoran por completo que en esa pequeña iglesia de piedra, tan distante de Washington y Madrid, el último estertor de un Imperio alteró la Pax de otro imperio aún mayor.
Lo trascendente en Baler es que, al reconocer su error, los jóvenes sitiados arrancaron la empatía sincera de su enemigo y primer presidente filipino Aguinaldo. Le mostraron que el apego a la vida y la supervivencia frente a la adversidad son los únicos pilares de cualquier epopeya.
Algo parecido le sucedió a un brigadier-general de los Estados Unidos, un tal Frederick Funston,
en una carta publicada en 1910 en el Libro de Notas sobre Procedimientos del Instituto Naval de los Estados Unidos, editado por la Academia Naval de Anápolis, quien recomendó a cada oficial y a cada soldado de su Ejército que leyera el relato de la enemiga vencida España porque "a quien esta simple y modesta historia de heroísmo y cumplimiento de las obligaciones no le anime a hacer grandes cosas sin duda debe tener el corazón de una liebre".
¿Será que el sufrimiento en la guerra también es universal?. Entonces, para llegar a ser reconocido como inmortal por sus enemigos de dos continentes lejanos, ¿cuánto sufrimiento hubo de sobrellevar Chus,
o Timoteo?, ¿qué aprendió del tormento de una bala alojada en el tendón de Aquiles de su pie izquierdo?, ¿qué pasó por su cabeza durante 337 noches de delirio y agonía en
esa iglesia, o cárcel?, ¿por qué España le encerró y abandonó entre esas cuatro paredes?, ¿por qué al soldado que sufre la derrota de una guerra que no decide su gobierno y sus vecinos le tratan como a un perdedor?...
Había transcurrido más un siglo desde el Sitio de Baler cuando un nacionalista balear y un historiador militar discutían
acalorados sobre los Últimos de Filipinas. "Su mito evoca la propaganda franquista de la posguerra civil por haber defendido la misma bandera de Castilla y de su Imperio," asestó el primero. "Los héroes de Baler se negaron a capitular para cerrar con honor el episodio final de nuestra presencia en Asia," respondió el segundo.
En cualquier caso, el aislamiento (o lo que es
lo mismo, pero más a las claras, el abandono deliberado) de un grupo de
soldados en las antípodas de sus hogares fue, a la postre, convertido en ejemplo y referencia
nacional interesada de tenacidad y heroísmo (incluso para los cadetes de las academias
norteamericanas!!), y su vida fue salvada de milagro y gracias a la humanidad,
memorable, universal, de su propio enemigo.
Si un artículo de periódico les ayudó a salvarse de un
final seguro, ¿qué hubiera pasado de haber existido la Red? Quizá no hubieran ido a la
guerra. Lo único seguro es que
Chus vivió y murió cojo, y que muy pronto, una actitud renovada, realista, gandhiana
por el no hay camino para la paz, porque la paz es el camino, será una rutina.
Un hecho cotidiano. Y ese día, el niño y la niña que cada persona y cada país
lleva dentro dejará de anhelar la vida en un mundo donde el dolor ajeno, por fin, ya no nos será indiferente.